martes, 30 de enero de 2007

Otra forma de rezar


Leo estos días unos apuntes biográficas de Narciso Yepes, el cual personifica un importante capitulo de la historia universal de la guitarra.

Cuenta J.R. Ayllón, el autor, como este hombre de cuerpo pequeño y fuerte, manos pequeñas y gordezuelas como nidos de gorrión, pero prodigiosamente sensitivas, firmes audaces y ágiles que hacen estremecer las cuerdas de la guitarra, un día a sus veinticinco años, tuvo una súbita, repentina e inesperada conversión, estando sobre un puente de Paris, el mismo Yepes, dice que ese día “tenia la puerta abierta” y Dios se hizo oír y entró de lleno para siempre en su vida.

Cuando le preguntan si su música le gusta a Dios, dice, que le encanta, pero más que la música, lo que le gusta es que le dedique su atención, su sensibilidad, su esfuerzo, su arte, su trabajo. Y, además, ciertamente, tocar un instrumento lo mejor que uno sabe, y ser consciente de la presencia de Dios, es una forma maravillosa de rezar, de orar...

En verdad que es una idea igual de rica, que los manantiales musicales que sacaba del cuenco de su guitarra.

Y por extensión es aplicable a cualquier trabajo que se haga cara a Dios.

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