martes, 29 de enero de 2013

Yo veo asi el trabajo.

El trabajo es bueno. Lo desagradable es el cansancio. A cualquiera le gusta realizar cosas, y todos trabajarían mucho si no fuera por el cansancio. Pero el cansancio es inevitable, y quien intenta suprimir totalmente el esfuerzo está llamado a la amargura del fracaso. Con el trabajo todos podemos ser santos. A pesar del cansancio, es posible ser feliz trabajando si se encuentra un motivo noble para hacerlo.
Podemos reunir los motivos para trabajar en tres grupos: 1. Motivos un poco egoístas: obtener dinero, fama, éxito, lujo, joyas... Estos planteamientos invitan a conseguir esas cosas trabajando lo menos posible. El trabajo sigue siendo una pesadez. 2. Motivos humanos nobles: contribuir al bien de otros, sacar adelante la familia o la sociedad... Con otras palabras, trabajar con espíritu de servicio. Esta mentalidad ayuda a trabajar feliz. 3. Motivos sobrenaturales. - El trabajo es colaboración con Dios Padre en la mejora de la Creación. - El trabajo es imitación de Dios Hijo que pasó muchos años trabajando. - Quien trabaja realiza algo que Dios quiere y por tanto agrada al Señor y se santifica. Así el trabajo colabora con el Espíritu Santo en nuestra santificación.
Para ser feliz trabajando conviene tener en cuenta algunos aspectos: o Rectificar la intención: añadir a los motivos egoístas una intención de servicio a los demás o de amor a Dios. Esta finalidad noble es el requisito fundamental para ser feliz trabajando. o Trabajar bien: con atención, intensidad, cuidado de los detalles... Las chapuzas no satisfacen ni al que las hace, ni a los demás, ni a Dios. o Distribuir bien el tiempo.- Para cumplir con las obligaciones de atención a la familia, a Dios, etc. o Trabajar con sentido apostólico.- Así fue el trabajo de Cristo. Toda su vida tenía este sentido redentor.

viernes, 25 de enero de 2013

La educación de los niños

El niño es como una esponja que absorbe todo lo que se pone junto a su piel. Mucho, depende de lo que le ofrecen quienes son responsables de su educación. La madre es la máxima “comunicadora” con el hijo, desde el periodo embrionario, donde el contacto entre ella y el feto es de una riqueza enorme.
Existen estudios que muestran cómo el afecto materno en el periodo de la gestación puede llegar a influir en la vida de un niño. Después del parto, la madre sigue ocupando un papel privilegiado. En muchos pueblos todavía la lactancia se prolonga durante varios meses, e implica un encuentro cara a cara entre ese par de ojos que es un niño, y la mirada tierna y amorosa, llena de afecto y de esperanza, de quien le dio a luz.
Desde el nacimiento y con el pasar del tiempo los contactos se van abriendo a más personas. En primer lugar, al padre, que comparte con la madre las fatigas y dificultades. Luego, a los hermanos, los abuelos, los tíos y primos
Los contactos iniciales marcan profundamente la vida del hijo y lo introducen en el mundo de los valores. El desarrollo de la propia vida ética depende también de otros factores, y se va configurando a lo largo de los años de la infancia, y la niñez , lo que se ha sembrado dentro del hogar resulta ser de un valor extraordinario, muchas veces decisivo para el resto de la vida.
Por eso una familia que quiera un hijo feliz, un hombre maduro, debe prestar atención a esas primeras etapas, debe tomar conciencia del milagro maravilloso que se opera ante sus ojos: el ingreso en el mundo de los valores de un ser que mañana podrá ayudar, quiéralo Dios, a otros nuevos hombres y mujeres a ser felices como lo fue él gracias a unos padres que se amaban y que le amaban.

viernes, 18 de enero de 2013

Disfrutar de amigos



Platón. Decía Podéis creerme, preferiría un amigo a todos los tesoros de Darío.
Aristóteles.- La amistad es uno de los más indispensables requisitos de la vida humana, sin amigos nadie querría vivir, aún cuando poseyera todos los demás bienes.
San Agustín.- Nada es amistoso para el hombre si no otro hombre amigo.
Es interminable la lista de referencias a este tema, pero todos tenemos experiencia de que colmado de felicidad o tristeza el corazón tiene necesidad de un segundo corazón. La alegría compartida es doble alegría, El dolor compartido es medio dolor.
La amistad es un amor, un apreciar, que promueve en dar, un darse y para ello es necesario por un lado poder encontrarse y poder verse y conversar con cierta frecuencia en el camino de la vida, y por otro tener algo propio que ofrecer.
Así quienes no tienen nada, interés, ilusiones, convicciones, creencias, aficiones, cosa comunes, no pueden ser amigos, y aunque se encuentren con frecuencia, difícilmente podrán conectar, no tienen nada que compartir.

Es un gozo tener amigos de verdad, estar con ellos, charlar con ellos, y disfrutar y alegrase con ellos, poder contar con ellos.
Pero seamos realistas, tenemos que saber también que aunque la verdadera amistad produce alegría, decía San Josemaría, mientras estemos en la tierra no puede haber un amor verdadero, sin experiencia del sacrificio, del dolor, un dolor que se paladea que es amable, que es fuente de íntimo gozo, pero dolor real, por que supone vencer el propio egoísmo.
Si un amigo nuestro nos acerca a otro, debemos interpretarlo como una prueba de generosidad, y si al amigo que nos acerca es a Dios, le tendremos que estar agradecido toda la vida, Porque ese, si que es un buen amigo.

domingo, 13 de enero de 2013

El séptimo dia descansó.

 Cada dia va a se más frecuente que los grandes almacenes abran sus puertas al público los domingos y festivos.
A propósito de este tema recuerdo una vieja anécdota leída hace tiempo: Un domingo, en una pequeña aldea, un labriego conducía un carro lleno de hierba por la misma calle por donde la gente se encaminaba a la iglesia. De pronto, un hombre le gritó: ¡ para, para ¡ lo has puesto debajo de las ruedas!. El carretero detuvo los caballos y miró desconcertado. ¿Pero se puede saber que he puesto debajo de las ruedas?.
Pues hombre, el tercer mandamiento de la Ley de Dios.
A muchos puede no interesarles esto, pero no podemos olvidar que la celebración del domingo cristiano, por los signos que evoca y las dimensiones que implica en relación con los fundamentos mismos de la fe, continúa siendo un elemento característico de la identidad cristiana.
No podemos olvidar que la institución del domingo contribuye a que todos disfruten de un “reposo y ocio suficientes para cultivar la vida familiar, cultural, social y religiosa”. Esto lo explica muy bien Juan Pablo II, en su Carta Apostólica El día del Señor, y también en el Catecismo de la Iglesia Católica.



sábado, 5 de enero de 2013

Como ser feliz

A veces pensamos que la felicidad es algo reservado para otros y muy difícil de darse en nuestras propias circunstancias. Podemos llegar a pensar que la felicidad es como un sueño que no tiene que ver con nosotros.
La relacionamos quizá con grandes acontecimientos, con poder disponer de una gran cantidad de dinero, gozar de una salud esplendida, tener un éxito profesional o afectivo deslumbrante, protagonizar grandes logros del tipo que sea, pero la realidad resultante es bastante distinta a eso.

La prueba es que la gente más rica, más poderosa, más atractiva, o que mejor dotada está, no coincide con la gente más feliz.
Tampoco parece que disponer de un gran talento o gozar de muy buena salud sean lo que decide la felicidad.
Tampoco es que para ser feliz haya que ser retrasado mental, enfermo o desafortunado.
Tanto en unos como en otros casos, unos se sentirán felices y otros no. Parece que la felicidad y la infelicidad provienen de otras cosas, de algo que están más en el interior de la persona, en la forma de plantear la vida.
Por ejemplo, muchas veces sufrimos, o nos embarga como un sentimiento de desánimo, o de agobio, o de fatiga interior, y no hay a primera vista una explicación externa clara, porque no hemos tenido ningún contratiempo serio, ni tenemos hambre, ni sed, ni sueño, ni nos faltan la salud o las comodidades imprescindibles.
Los problemas nos los creamos, y si investigamos un poco llegamos a descubrir que están causados por nosotros mismos: muchas de las quejas que tenemos contra la vida, si nos examinamos con valentía, nos damos cuenta de que provienen de nuestro estado interior, de nuestra pereza, de pequeños egoísmos, envidias, susceptibilidades, etc. En definitiva, de errores personales que nos producen una desilusión.
Sin embargo, hay que pensar que es precisamente esa desilusión que descubrimos la que nos brinda la oportunidad de mejorar y ser más felices. Y nos advierte de que algo en nuestro interior debe cambiar. Es muy bueno que notemos con fuerza el peso de nuestros errores: si no fuera así, sería muy difícil que rectificáramos.
Cuando entremos en ese camino, empezaremos a vislumbrar la felicidad.