lunes, 9 de abril de 2007

Cómo ser feliz


A veces pensamos que la felicidad es algo reservado para otros y muy difícil de darse en nuestras propias circunstancias. Podemos llegar a pensar que la felicidad es como un sueño que no tiene que ver con nosotros.

La relacionamos quizá con grandes acontecimientos, con poder disponer de una gran cantidad de dinero, gozar de una salud esplendida, tener un éxito profesional o afectivo deslumbrante, protagonizar grandes logros del tipo que sea, pero la realidad resultante es bastante distinta a eso.

La prueba es que la gente más rica, más poderosa, más atractiva, o que mejor dotada está, no coincide con la gente más feliz.

Tampoco parece que disponer de un gran talento o gozar de muy buena salud sean lo que decide la felicidad.

Tampoco es que para ser feliz haya que ser retrasado mental, enfermo o desafortunado.

Tanto en unos como en otros casos, unos se sentirán felices y otros no. Parece que la felicidad y la infelicidad provienen de otras cosas, de algo que están más en el interior de la persona, en la forma de plantear la vida.

Por ejemplo, muchas veces sufrimos, o nos embarga como un sentimiento de desánimo, o de agobio, o de fatiga interior, y no hay a primera vista una explicación externa clara, porque no hemos tenido ningún contratiempo serio, ni tenemos hambre, ni sed, ni sueño, ni nos faltan la salud o las comodidades imprescindibles.

Los problemas nos los creamos, y si investigamos un poco llegamos a descubrir que están causados por nosotros mismos: muchas de las quejas que tenemos contra la vida, si nos examinamos con valentía, nos damos cuenta de que provienen de nuestro estado interior, de nuestra pereza, de pequeños egoísmos, envidias, susceptibilidades, etc. En definitiva, de errores personales que nos producen una desilusión.

Sin embargo, hay que pensar que es precisamente esa desilusión que descubrimos la que nos brinda la oportunidad de mejorar y ser más felices. Y nos advierte de que algo en nuestro interior debe cambiar. Es muy bueno que notemos con fuerza el peso de nuestros errores: si no fuera así, sería muy difícil que rectificáramos.

Cuando entremos en ese camino, empezaremos a vislumbrar la felicidad

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